Si bien mi itinerario teológico se fue gestando a lo largo de 35 años de docencia e investigación universitaria en esta Facultad de Teología, los Seminarios Pontificios de Santiago y Valparaíso/Lo Vásquez y muchos otros lugares, quisiera destacar tan sólo tres ejes transversales de este itinerario, es decir, aquellos aspectos que considero los más relevantes en este extenso lapso, vivido intensamente interrelacionado con los grandes acontecimientos de un  país que aprendí a querer desde dentro.  Estos aspectos son:

1)       La convicción profunda de que no tengo nada que no haya recibido de Dios.

2)       La inmensa gratitud por la concreción desafiante de un servicio a la Palabra de Dios, exigente e imposible en sus expresiones múltiples como seguimiento radical del Verbo hecho carne.

3)       La fascinación cada vez más misteriosa de la índole esponsal de este servicio como realización de mi consagración al Espíritu Santo, cuya Sierva soy. 

1) Mi itinerario teológico se inicia con una formación humanista clásica, recibida en Alemania con todo el rigor germano, pero completada por los estudios filosóficos y pedagógicos, una vez que hube llegado a Chile. El paso a la Teología se produjo connaturalmente, colmando mis deseos más profundos por conocer el misterio de Dios a quien había consagrado mi vida como misionera. Este paso no se produjo sin tropiezos metodológicos serios para mi mente que había aprendido a caminar con soltura por la filosofía, tomándole el gusto especial a las corrientes filosóficas fenomenológicos y ontológicas contemporáneas. De hecho, mi capacidad de reflexionar libremente según los esquemas mentales de la Filosofía pronto encontró sus límites en la Teología ante las exigencias del método histórico crítico aplicado en forma exclusiva a la Sagrada Escritura, los escritos patrísticos y magisteriales, pues quedó poco espacio para el ejercicio de la especulación anhelada. Sin embargo, no faltaron los maestros que me invitaron a un quehacer teológico distinto y fueron ellos quienes marcaron en adelante mi  itinerario teológico, centrado en la docencia de la Teología dogmática.Fue dicha docencia, animada por la investigación permanente y formalizada en doce Proyectos Fondecyt, la que me abrió las puertas a la gracia desbordante del designio amoroso de Dios y me permitió descubrir la atrocidad del pecado desde sus orígenes. Pero esta realidad fue adquiriendo rostro, concreción y singularidad  en la medida en que fui ascendiendo en busca de una comprensión sentida de lo que acontece  “entre” Dios y el hombre, a partir de un “más allá del ser”, la bondad. Esta búsqueda ascendente, llevada a cabo  junto  con los alumnos y algunos colegas, sufrió un giro revolucionario por el descubrimiento del descenso de Dios, que se nos anticipa en todo. De tal modo, el Padre se revela como aquel amor fontal que Se da de tal manera, que desborda en una novedad cada vez mayor. Esto me significó anclarme en la afirmación de san Agustín, repetida por concilios importantes, que dice que “la bondad de Dios es tan grande que quiere que sus dones sean merecimientos nuestros”. De ahí que esté profundamente convencida de que no tengo nada que no haya recibido -Jn 3, 27- y por eso sin cesar doy las gracias al Padre. 

2) La donación anticipadora del Misterio del Padre simultáneamente se fue   concretando a través del segundo eje de mi itinerario teológico, el servicio a la Palabra de Dios. Se trata de un esfuerzo permanente por plasmar y articular, inteligentemente, contenidos y verdades recibidas con una mentalidad germana, complicada en su arquitectura propia, en un lenguaje claro y distinto del que está acostumbrado el oyente latino. De hecho,  este esfuerzo, siempre al borde de fracasar, no sólo me permitió profundizar en carne propia, día a día, la kenosis del  Verbo de Dios que se hizo carne por nosotros, sino también me hizo ver sufrir en los mismos oyentes dicha experiencia causada por mí. Pero han sido los alumnos los más dispuestos, quienes lograron  sobrepasar el frecuente “nadie entiende nada” para ir hacia descubrimientos inauditos.Esta experiencia kenótica es, sin duda, lo más fuerte de mi itinerario teológico, en cuanto caminar entre sombras y luces, haciendo aquel camino que sólo se hace al caminar, es decir, seguir a la espalda del teólogo por excelencia, Jesús el Hijo de Dios -como dice Gregorio de Nisa. En efecto, por medio de este seguimiento fui descubriendo cada vez más aquella racionalidad teológica, propia de la locura de la Cruz, que más allá de sus límites traspasa el origen que la sostiene, y donde comprende que Dios, el objeto de la teología, no sólo es ser –“Yo soy el que Soy”-, sino bondad, el “más allá del ser”, es decir, Amor.El aprendizaje de tal racionalidad teo-lógica ocupó muchos años de mi itinerario. Comenzó cuando me dejé tomar  de la mano por los grandes maestros, los Padres de la Iglesia, Orígenes y Gregorio de Nisa y luego Alberto Magno, Buenaventura y sobre todo santo Tomás de Aquino, leído por Balthasar. Ciertamente, es sabido que el teólogo suizo no falsifica el pensamiento tomaseano, pero sí lo abre a  la comprensión moderna de la cuestión del ser, y su problema más cadente, la alteridad y su misterio, en cuanto este misterio está en la base de toda convivencia humana hoy.No puedo dejar de mencionar la relevancia de  grandes mujeres en mi itinerario, tales como Hildegard von Bingen y recientemente, Edith Stein, pero sobre todo María, la teóloga por excelencia. Debo reconocer que nunca me he sentido mal en medio de los colegas varones, desde siempre mayoría en la Facultad, pero sí  experimenté lo difícil que es para un varón admitir que  una mujer piensa  y cómo piensa. Sin embargo, siempre he encontrado alumnos muy inteligentes que se dejaron “seducir” por el Misterio de Dios y su belleza y se embarcaron, con valentía, en una búsqueda cuyos resultados sobrepasaron sus propias expectativas y las mías. Por eso, agradezco de corazón  a todos quienes  me permitieron “hablar las palabras de Dios, que  el Espíritu da sin medida” -Jn 3, 34- especialmente al P. Decano y sus equipos de administración y biblioteca. 

3) Llego así al tercer eje de mi itinerario que, sin duda, es el más vital y a la vez menos visible, la índole esponsal de mi quehacer teológico. Dicha índole articula todo mi itinerario,  me impulsa desde el comienzo, me motiva e inspira -Jn 3, 29-. Vivo esto con los matices propios de la espiritualidad de una Sierva del Espíritu Santo, tal como la  encarnan mis hermanas en más de 43 países del mundo y por las cuales siento afecto y gratitud especial.(Agradezco a la Hna.Provincial y ls Hermanas su apoyo y presencia)  Al intentar “abrir los corazones de los hombres al amor de Dios”,  nos orientamos desde dentro hacia el otro, permaneciendo nosotras mismas siempre extranjeras. Lo cual significa ir dejando al otro ser otro, al modo del Espíritu Santo, quien no tiene nada propio, sino sólo el regocijo por hacer posible que el Padre sea Padre y el Hijo, Hijo. Aquí debo ser breve, no porque no quisiera hablar de este misterio inagotable, sino porque no lo puedo hacer. Sólo quisiera manifestar mi esperanza de que se haga realidad aquello que  afirma la esposa en el Cantar de los Cantares, cuando dejó atrás a los guardias de la ciudad -es decir, los teólogos preocupados por las “palabras claras y distintas”, según los intérpretes entendidos-. Dice ella pues: “Apenas los había pasado cuando encontré a Aquel a quien buscaba”…3, 4. ¡Muchas gracias!                                                                                                                              Anneliese Meis