"Ama como si nunca fuiste herida.
Perdona como si fuera la primera vez.
Abre tus ojos como si estuvieras en otro planeta.
Pero no olvides que estas en la Tierra.
Danza con tu vida como si nadie te viera."
Una madre de siete hijos y con un bebé en sus espaldas corrió a nuestra clínica para pedir un remedio para tratar su problema de piel. Ella casi se dormía mientras esperaba en la fila. Yo miré sus salpullidos superficiales e inmediatamente supe que éstos eran el resultado de infección de VIH. Le pregunté por su marido, su último niño más pequeño, su familia. La mujer, como cualquier otra mujer africana, alabó a su marido por su trabajo duro lejos de casa. Esto me explicó todo.
Cuando le dije que sus problemas de piel pudieran estar relacionados con la infección de VIH, ella no se sorprendió. Pero inmediatamente, estaba decidida que ella quería vivir por sus hijos. Ella razonó: ‘mi marido como todo hombre no puede vivir solo lejos de casa. Él tiene que trabajar; hay siete de nosotros aquí en casa. Tenemos que vivir para nuestros hijos, yo le escribiré para que él venga a casa y comience el tratamiento.'
Yo estaba a punto de decir algo sobre el perdón, sobre dar otra oportunidad porque para mí estaba claro que la enfermedad de esa mujer y su hijo era causada por su marido. Pero comprendí que no había necesidad. Sé que una mujer africana perdona cada día, nuevamente, sin mucha deliberación. Ella sabe que tiene que hacerlo por ella, por sus hijos y para salvar a su familia.
Una mujer africana no necesita explicaciones, disculpas, palabras. Ella, en su corazón silencioso, busca aceptación para lo que ella no puede entender. A través de su intuición, ella sabe que aunque Dios no nos protege de nuestros propios errores y fracasos, Él nos ayudará a que vivamos sus consecuencias. Él está con nosotros a pesar de nuestra debilidad.
Una mujer africana cree que todos nuestros errores en el futuro se olvidarán, y lo único que restará es la bondad que hemos hecho en nuestras vidas. Después de una semana, ella volvió nuevamente con su marido que estaba enfermo de tuberculosis. Olvidándose de su propio dolor y enfermedad, la infidelidad de su marido, la pérdida de su hijo más pequeño, allí estaba ella suplicando para el padre de sus siete hijos. Dejando la clínica ella dijo: “¡Hermana, haga todo para que él viva…porque él tiene que vivir por mí! Pero si él tiene que ir, yo quiero morir con él en su corazón.” Durante estos encuentros con personas como ella, yo me convenzo más que el Amor construye puentes en lugares y momentos imposibles.
Hoy, los dos son pacientes en nuestra Clínica San José. Están matriculados en el tratamiento antirretroviral. Junto con otros 500 pacientes, ellos intentan reconstruir sus vidas a pesar de su pasado doloroso. Yo considero un gran privilegio en mi vida poder testimoniar y acompañar a personas que intentan amar como si ellos nunca hubieran sido heridos. Perdonan como si fuera la primera vez. Bailan con la vida, sabiendo que es Dios quien proporciona el ritmo en la abundancia de su misericordia. Una mujer africana baila a pesar de sus lágrimas y dolor y ella triunfa sobre éstos. Sólo un ganador puede ser tan generoso y grande. Deseo para mí y para todas las mujeres del mundo, la generosidad y grandeza de la mujer africana.
Hna Dolores Dorota Zok, SSpS