“Ir más allá de las fronteras” que delimitan la vida consagrada, la vida Cristiana-católica y la vida creyente. Dependiendo desde dónde una está existencialmente situada, las fronteras adquieren características propias.

Recuerdo aquí una de las expresiones que el P. Catalá s.j. dirige a sus hermanos en la Congregación General 35; interpretando Lc 22,54-62 invita a compartir a fondo la condición humana. Me pregunto: ¿cómo hago para compartir “a fondo” y qué aspecto de la “condición humana”?

En el segundo semestre del presente año tuve la oportunidad de participar en el 20º Seminario Internacional de Aprendizaje y Servicio Solidario, en Buenos Aires, Argentina. Como su nombre lo indica, “aprendizaje y servicio” es una propuesta pedagógica que contempla la olidaridad y la participación ciudadana tanto como un contenido de aprendizaje como un procedimiento  para aprender otros temas de contenidos. Dicha propuesta, además de ser un modo nuevo de aprender otros contenidos, puede convertirse en una estrategia para adquirir competencias y habilidades, así como para modificar actitudes de convivencia ciudadana. Todo ello sobre la base de una planificación adecuada.

En el marco de este Aprendizaje, la solidaridad no es entendida como ‘caridad’, sino como una visión en la que el otro/a es un igual, se reconocen sus necesidades, las situaciones injustas que experimenta y los derechos que se le deberían respetar. Al mismo tiempo, conlleva una reflexión crítica de las situaciones en que se encuentran y en la que aprenden los estudiantes.

 Aprendizaje y Servicio es una pedagogía que abarca todos los niveles de educación formal. En mi caso, asistí a dicho Seminario por el proceso de incorporación que va teniendo esta pedagogía en la Educación Universitaria. Actualmente, estoy participando de una investigación que contempla la aplicación de Aprendizaje y Servicio en los cursos de Antropología Cristiana de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

 

Bien, dos cosas quisiera rescatar de dicha experiencia. Una primera, el traspasar fronteras. Hasta ese momento, por mi condición de religiosa y de teóloga, personalmente estuve participando siempre de Congresos, Seminarios, Simposios o Asambleas en el ámbito teológico y religioso. Esta fue la primera vez que asistí a un Seminario Interdisciplinar civil y pude constatar, además, que yo era la única teóloga participante del mismo. Hizo eco en mi interior el hecho que cuando me presentaba en un grupo de trabajo y decía: soy teóloga, los otros integrantes del grupo preguntaban: ¿bióloga?, como para asegurarse que habían entendido bien; yo repetía: no, soy teóloga; ah! ¿y qué  enseñas?… Eso fue muy significativo para mi: ¿qué lugar tiene una teóloga en un mundo secular?

Lo segundo a rescatar es el sentido de compartir a fondo la condición humana. Estaba claro para mi que ni la religión, ni la Iglesia, ni la fe cristiana eran el punto de contacto ni de conversación en este Simposio. Pero sí lo era algo que teníamos todos en común: el interés y la preocupación por despertar y acompañar el sentido solidario de las nuevas generaciones. Todos creemos y confiamos en el potencial humanizador que tenemos por ser personas. Era ahí donde podíamos “encontrarnos”.

 Si bien es cierto, algo de nuestras tendencias a marcar diferencias surgía en las conversaciones, por el mismo tema del Simposio, pronto se diluían porque el “aprendizaje” y la “solidaridad” unidos no permiten levantar barreras. Nuestro intercambio de experiencias y de reflexiones se sustentaban sobre la base que toda persona es “sujeto” de aprendizaje y es poseedora de la “competencia” de solidarizar con los demás. Por eso, cuando alguien levantaba la ‘bandera’ de que representa una institución laica y no confesional, otro le invitaba a recordar que esta pedagogía no permite la marginación. 

 Por mi parte, sigo pensando sobre la experiencia. Realmente es bueno traspasar fronteras, una aprende, se enriquece y descubre el capital que hay detrás de las visiones diversas.

Hna Kreti Sanhueza, SSpS