LA TIERRA, EL AGUA Y LOS BIENES COMUNES PDF Imprimir Correo electrónico
Domingo 13 de Abril de 2014 14:45

 

 Desde hace siglos América ha significado para miles y miles de familias y pueblos, 

una “TIERRA DE ACOGIDA”, por sus abundantes riquezas naturales. Pueblos de

todos los continentes han encontrado en América, “SU TIERRA”, “SU CASA”.

 

Hoy, la dramaticidad del pasado es peor aún, por estar avalada legalmente con

tratados y acuerdos internacionales impuestos por estructuras del poder económico,

político y jurídico de las transnacionales, en alianza con los poderes locales. Entonces

no es casualidad que en toda América Latina haya CONFLICTOS por el agua, por las

tierras, por las semillas, con las empresas hidroeléctricas, energéticas,

agroalimentarias, mineras, forestales, etc.

 (Obispo Luis Infati)

 

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La Tierra, El Agua y los Bienes Comunes
13.04.14 | 12:35. Archivado en Luis Infanti

Desde hace siglos América ha significado para miles y miles de familias y pueblos, una “TIERRA DE ACOGIDA”, por sus abundantes riquezas naturales. Pueblos de todos los continentes han encontrado en América, “SU TIERRA”, “SU CASA”. 

Otras ponencias, en este Convenio, resaltarán la significancia social, cultural, religiosa, política, económica, etc. de este encuentro de culturas, en sus éxitos, en sus problemáticas y en sus desafíos. Se me ha pedido una visión desde los bienes comunes, la tierra y el agua.

América, y en especial América Latina y El Caribe, han sido vistas siempre como “tierras a conquistar”, provocando un choque cultural, pero especialmente espiritual, que ha alcanzado en muchas oportunidades violencia y muertes, junto con nuevas realidades. Desde que en los años 70 / 80 tomamos mayor conciencia que los recursos del planeta son limitados (petróleo, gas, minerales,… no son renovables, al depredarlos vorazmente se van agotando), y que la “HUELLA ECOLOGICA” obliga a los países “desarrollados” a buscar en otros continentes lo que en sus países escasea o ya no hay, o sea los elementos esenciales para satisfacer no solo sus necesidades básicas, sino también sus deseos, que es la lógica devoradora del consumismo, especialmente África y América Latina (el Sur) han sido tierras de conquista para las transnacionales de la Unión Europea, de Canadá, de Estados Unidos y últimamente de China, en busca de alimentos, minerales, energía, agua, bosques, etc.

Ya no son necesarios los ejércitos, como en años anteriores, para conquistar las riquezas naturales de los países del Sur, pues el poder de las transnacionales del Norte han comprado y siguen comprando bienes, y quisieran comprar incluso personas, pueblos y conciencias, gracias también a la poderosa influencia de los medios de comunicación social.

Hoy, la dramaticidad del pasado es peor aún, por estar avalada legalmente con tratados y acuerdos internacionales impuestos por estructuras del poder económico, político y jurídico de las transnacionales, en alianza con los poderes locales. Entonces no es casualidad que en toda América Latina haya CONFLICTOS por el agua, por las tierras, por las semillas, con las empresas hidroeléctricas, energéticas, agroalimentarias, mineras, forestales, etc.

Soy testigo de ello, pues a la indignación de los pueblos, se une la participación activa y profética de las iglesias, que con esta nueva colonización vemos gravemente amenazada la espiritualidad vivencial de los pueblos originarios y los valores y el mensaje del Evangelio, plasmados en el proyecto del Reino de Jesús.

Como en los años 70/80, frente a situaciones socio-políticas que violaban gravemente los derechos humanos, la mayoría de las iglesias de América Latina asumieron un compromiso profético de justicia y de paz para la liberación integral de sus pueblos, desde las comunidades de base hasta las jerarquías, HOY comienza a resurgir, cada vez con mayor fuerza profética, LA IGLESIA DE LOS POBRES que cuestiona el poder destructor, EL ECOCIDIO DEL PLANETA, impuesto por un modelo de desarrollo extractivista, con proyectos depredadores de los bienes comunes esenciales para la vida, y neocolonialistas hacia los pueblos del Sur del mundo.

Reaparecen con fuerza las numerosas manifestaciones, cuestionamientos, intervenciones, protestas, congresos, jornadas pastorales para entender la realidad del mundo globalizado actual, para discernir evangélicamente y proponer estilos de vida, estructuras socio-políticas y proyectos de mayor justicia, solidaridad y equidad, que nos encaminen hacia una mayor comunión y paz social. Significativas son las presencias proféticas, expresadas también en documentos eclesiales que marcan este nuevo testimonio de las iglesias locales en los temas medioambientales, con un marcado compromiso ético-espiritual, como la declaración ecuménica “Los pobres poseerán la tierra” y numerosos pronunciamientos de obispos de la Patagonia, de varias diócesis de Brasil, de Perú, de Bolivia, de Argentina, de Chile, de Costa Rica, de República Dominicana, de Guatemala, de Nicaragua, de El Salvador, … frente a megaproyectos hidroeléctricos, mineros, forestales, …

Frente a tantas significativas intervenciones percibo que sería deseable una mayor coordinación del CELAM en el discernimiento y apoyo a las iglesias locales, en sintonía incluso con los mensajes de los últimos papas.

¿Porqué la iglesia asume hoy estas áreas de evangelización?

Esencialmente porque asume “los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los más pobres y de cuantos sufren” (Gaudium et Spes, 1), viendo en ellos el rostro sufriente y ensangrentado de Cristo. Y también porque en la Madre Tierra vemos a la naturaleza como un ser vivo, sujeto de derechos, que al ser herida y explotada sobremanera, grita de dolor, con manifestaciones cada vez más preocupantes y cuestionadoras, como la destrucción de los glaciares, de los bosques, de la biodiversidad, la creciente desertificación, las inundaciones, la contaminación y tantos efectos del cambio climático, del cual ya no se salva ningún rincón del “Planeta Agua-Tierra”.

Esta violencia es UNO de los signos evidentes de la grave crisis de civilización en la cual estamos sumergidos, y que se manifiesta extensivamente en las crisis alimentaria, ecológica, energética, laboral, económico-financiera, ético-moral.

Esta realidad NO ES CASUALIDAD, pues tiene víctimas y tiene causas y causantes. Entre ellos, las crecientes políticas de privatización de bienes vitales, sobre todo de la tierra, del agua, del aire y su consecuente mercantilización, que son un pecado que clama al cielo y que nos lleva a reconocer que estamos en una NUEVA ÉPOCA DE LA HISTORIA, en que tendremos que asumir, entre otras, una “CONVERSIÓN ECOLÓGICA” (Juan Pablo II).

Tendremos que escuchar el clamor de nuestros pueblos al sentirse marginados de sus bienes, violentados en su dignidad, heridos en su espiritualidad y aspiraciones, excluidos de las grandes decisiones que les afectan en su vida de cada día, pues los seres humanos y toda la creación tenemos un mismo origen y nos encaminamos hacia un mismo fin, impulsados hacia los “cielos nuevos y tierras nuevas” del proyecto de salvación del Padre Dios.

Tendremos el apoyo de las ciencias para el conocimiento de la naturaleza, el aporte de la tecnología como medio transformador, pero tenemos sobre todo la fe, la sabiduría, el amor y la responsabilidad humanas que nos animan a actitudes nuevas de solidaridad y de comunión, y no de agresividad y exclusión, pues el cosmos tiene un valor y un sentido en sí, dados por Dios y manifestados en su belleza, en su armonía y en su vitalidad servidora.

Y es que las causas, los motivos de fondo de estos conflictos, son siempre y esencialmente éticos y espirituales, porque hay visiones diametralmente opuestas de concebir la vida de los seres humanos: entre sí, en su relación con la naturaleza y sobre todo con Dios. Se dan hoy de manera más evidentes, a lo menos dos visiones. Plantearé una tercera, como propuesta teológica y ética, y como un desafío pastoral, cultural, ecuménico y político.

Visión ANTROPOCÉNTRICA

La visión antropocéntrica ve al ser humano como el CENTRO y SEÑOR de la creación, donde todo está a su servicio. Ve a la persona como “dueño”, que usa los bienes de la creación no solo según sus necesidades, sino también según sus deseos, utilizando cada día más los bienes naturales, más allá de lo necesario, explotándolos, depredándolos y destruyéndolos cada día más irracionalmente. Las sociedades “desarrolladas” botan grandes cantidades de bienes y de productos, sobre todo de alimentos, creando además un nuevo y preocupante problema: ¿qué hacer con los deshechos, con la basura?

Esta visión radicalizada sustenta una sociedad CONSUMISTA, que amontona y acumula más allá de lo necesario. Es la sociedad de la ABUNDANCIA, en que algunos se adueñan más y más de alimentos, de productos, de bienes, de plata, de poder, de prestigio, a costa de otros que son EXCLUIDOS del sistema, abandonados a la miseria, al olvido, a ser “don NADIE”. Miles y miles de personas son condenadas a la muerte, diariamente, solo por falta de agua potable, de alimentos, de medicamentos.

Si bien es preocupante la creciente brecha entre ricos y pobres, HOY, nos dicen los obispos de América Latina, asistimos a una nueva inhumana e inmoral brecha entre ricos y excluidos, pues al pobre le podemos tener lástima y ayudarlo con subvenciones, becas, subsidios, limosnas y obras de caridad, ciertamente necesarias, pero muy distintas a las exigencias de justicia y solidaridad, como nos recordaba también San Alberto Hurtado, mientras que a los EXCLUÍDOS los eliminamos de nuestros intereses, no nos importan, los invisibilizados y eliminamos.

Entonces, ver al ser humano como el centro de la creación, es poner sólo a algunos en el centro, excluyendo a las mayorías. Esto no es un hecho natural, ni es casualidad, sino que es fruto de una estructura social, de un sistema económico – político premeditado e institucionalizado en leyes, constituciones, instituciones y prácticas sociales y culturales intencionadas. Es la estructura social, política y económica que plantea el neoliberalismo, aún tan vigente en la mayoría de los Estados del planeta.

Muy bien lo denuncia el papa Francisco en “Evangelii Gaudium”, en el capítulo IV de “La Dimensión Social de la Evangelización”. Su voz profética señala la urgencia ética y social de revertir esta dramática realidad, vislumbrando, de otra manera, una seria amenaza a la paz social interna de los países y a nivel global, mundial.

Con razón entonces, desde algunos sectores y organismos ético – sociales estamos impulsando la toma de conciencia para llegar al año 2018, en el 70º Aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU, para que este organismo declare “ILEGAL LA POBREZA” (no a los pobres), en un símil de lo que pasó con la ESCLAVITUD.

Si creemos que la TIERRA, el AGUA y todos los ecosistemas SON DE DIOS, por ser Él el Creador, significa que él los ha creado para TODOS sus hijos, no sólo para algunos. Se reafirma así el principio ético del destino y de la función universal de los bienes por sobre la PROPIEDAD PRIVADA, especialmente de elementos esenciales e indispensables para la VIDA de todo ser vivo, como lo es el agua, la tierra, el aire. Ya lo señalaba el papa Juan Pablo II: “SOBRE TODA PROPIEDAD PRIVADA, GRABA UNA HIPOTECA SOCIAL” (México, enero de 1979) y lo reafirma el papa Francisco en “La alegría del Evangelio” (N° 188 – 189).

Visión COSMOCÉNTRICA

Ve al ser humano como una especie más entre las tantas de la naturaleza, que apareció millones de años después de que la naturaleza ya existiera. Siempre el cosmos había existido en armonía y belleza, y la presencia del ser humano empezó a deteriorar, a destruir, a violentar la naturaleza hasta llevarla a un estado peligrosamente crítico, como son los actuales efectos del cambio climático y la crisis ecológica.

Esta visión ve al ser humano como un estorbo para que la naturaleza, como organismo vivo, crezca por sí misma “en paz y armonía”. Esta visión no tiene cuenta que el ser humano es un ser consciente de sí mismo, responsable de sus acciones y decisiones, el único interlocutor de Dios, por ser “imagen y semejanza” de Él. Algunos llaman a esta visión “ecología profunda”, que opta por relativizar al ser humano hasta reducirlo, para facilitar que crezca sin trabas la naturaleza. Parece responder a un terrible, inhumano e inmoral principio: “No podemos eliminar la pobreza, eliminemos a los pobres”, para que no molesten y no cuestionen nuestro “bienestar”.

Frente a estas dos visiones que nos encaminan a pasos agigantados hacia la destrucción del “Planeta Agua – Tierra” me atrevo a plantear una tercera, fruto de muchas reflexiones y oraciones compartidas. Está más explicitada en mi Carta Pastoral “Danos Hoy el Agua de Cada Día” (1º septiembre de 2008). Son pistas de reflexión y planteamientos que necesitan ciertamente mayor profundización y discernimiento.

Visión ECOCÉNTRICA

Considera al ser humano en íntima relación con el medio ambiente, que vive en la “casa común” que Dios nos regaló, para todos. A partir de la antiquísima fe del pueblo de Israel y de su absoluta vigencia actual, de que LA TIERRA ES DE DIOS, se afirma que DIOS ES EL CREADOR, ES EL SEÑOR, ES EL DUEÑO, y el ser humano, “creado a imagen y semejanza de Dios” tiene la gran responsabilidad de llevar a cada creatura hacia la finalidad por la cual el Creador la creó, como cooperador responsable en el cuidado y crecimiento de cada creatura hacia su plenitud, en un proceso que lleve a cada criatura hacia su perfección.

Es así, por ejemplo, que, ¿cuál es el fin por el cual el Creador creó un perro? No es que el perro tenga por finalidad llegar a ser león, ni que llegue a ser una tortuga, sino que llegue a ser un PERRO PERFECTO, según su ser, identidad y naturaleza. De igual manera, ¿cuál es el fin por el cual Dios creó al ser humano? No es que el ser humano tenga que llegar a ser Dios (esta aspiración es lo que podríamos llamar “pecado original”, como aparece en Génesis 3), ni que llegue a ser un gato, sino que llegue a ser un SER HUMANO PERFECTO (“Sean perfectos como es perfecto mi Padre celestial” – Mateo 5,48 – o sea, como Dios es perfecto como Dios, así ustedes sean perfectos como lo que son en su naturaleza: seres humanos, perro, árbol,…).

El orgullo, el egoísmo y la ambición humana, nos llevan a “romper” este designio o finalidad por el cual Dios nos creó, dando origen al pecado, que provoca una ruptura, una violencia entre los seres humanos, las demás creaturas y Dios. Dios Padre envía a su Hijo Jesucristo para llamarnos a conversión y REDIMIRNOS del pecado, al ser humano y a la creación entera. Experimentamos una creación que aún “sufre y gime dolores como de parto” (Romanos 8,22), en su proceso de Redención hacia “los cielos nuevos y tierras nuevas” (Apocalipsis 21 y 22). Así Cristo, en la plenitud de los tiempos, entregará al Padre la creación cuando haya llegado a su plenitud y perfección.

Esta RESPONSABILIDAD ÉTICA Y ESPIRITUAL es la gran tarea que Dios confía al ser humano, única criatura capaz de conciencia, vocación, sabiduría, amor y misión frente a sí mismo, a las demás criaturas y al CREADOR.

La Resurrección de Cristo es justamente la intervención (acción salvadora) de Dios para RECONCILIAR A TODA LA CREACIÓN (incluido al ser humano, evidentemente) y llevarnos a la plenitud de la VIDA divina/eterna. Plenitud de la vida divina que el Génesis manifiesta en el 7º día de la creación, donde día a día Dios crea algo “BUENO”, al 6º día crea al ser humano “MUY BUENO” y el 7° día Dios goza de la plenitud de su creación. EL SEPTIMO DÍA es el día del descanso, de la contemplación, de la Gloria de Dios, manifestada en la plenitud y perfección de su obra creada. Esa creación PERFECTA, herida por nuestro pecado es el gran camino y misión que Dios nos confía, para liberarla del dolor, del sufrimiento, del pecado, de la muerte y llevarla a los frutos gloriosos, perfectos y eternos de la Resurrección, de la belleza, de la gracia y de la santidad de Dios.

La ÉTICA ECOLÓGICA es justamente la RESPONSABILIDAD, la SABIDURÍA, el AMOR que Dios pone en CADA SER HUMANO para que TODA LA CREACIÓN alcance los frutos de la Resurrección, llegue a su plenitud, a la perfección según la voluntad y el plan de Dios.

Esta visión nos ayuda a entender también que el destino de la creación NO ES, por ejemplo, la reencarnación, y que los derechos humanos, en todos sus grados y generaciones, son esenciales al proceso de “VIDA ABUNDANTE” (Juan 10,10) hacia la cual camina cada persona, la humanidad y la creación entera. En ello, las generaciones futuras no pueden ni deben estar ajenas a nuestra responsabilidad.

La visión, la relación y la experiencia que tengamos con Dios, con las demás personas y con la naturaleza dependerán de cuál de estas tres visiones predomine en nosotros. Así mismo, las consecuencias religiosas, políticas, económicas, jurídicas, sociales y culturales serán distintas y significativas. Siento, humildemente, que esta visión teológica es más cercana a la experiencia del Pueblo de Dios del Antiguo Testamento, que incluso cada 50 años celebraba el Jubileo de la justicia y equidad de bienes, y del Pueblo de Dios del Nuevo Testamento, de las primeras comunidades cristianas, que compartían fraternalmente sus bienes (Hechos de los Apóstoles 2, 42-47), expresión de su comunión en “la fracción del pan”.

Es la visión de los pueblos indígenas, que en su “BUEN VIVIR” integran su identidad, su historia, su espiritualidad, sus bienes, sus tradiciones, su cultura, su vida. San Francisco de Asís no estaba lejos de esta espiritualidad.

Evangelizar la cultura, en esta nueva época de la humanidad, nos lleva a hacerle caso a Einstein cuando planteaba que “los problemas no pueden resolverse con el mismo principio o fundamento que los creó”. Los problemas actuales, de América y del mundo, requieren de una nueva cultura, un nuevo planteamiento de fe, una nueva propuesta espiritual, en que nadie sea excluido, sobre todo los pobres. Que nuestro silencio, nuestra indiferencia o nuestra ausencia en el latir de la historia, no sean motivo de complicidad con la injusticia, el sufrimiento, el pecado y la muerte de nuestros pueblos y de nuestra Madre Tierra.

Que Dios nos infunda su Espíritu para ser, como Iglesia de Jesús, el Pueblo fiel, misionero y profético que construye aquí y ahora el Reinado de Dios, en justicia, solidaridad y fraternidad, para gozar y celebrar la PAZ.

+ LUIS INFANTI DE LA MORA, osm.
Obispo Vicario Apostólico de Aysén